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Los huesos de Cervantes por Javier Moreno Luzón

La obra y figura del escritor representan la reencarnación del espíritu hispano. Para una identidad tan discutida y vapuleada como la española, el autor de ‘El Quijote’ es un emblema que sólo ha traído beneficios.

Nota publicada en el Diario El País | Opinión 
13 de Abril de 2015 | Javier Moreno Luzón
Enlace a la nota original http://elpais.com/elpais/2015/03/30/opinion/1427723899_463059.html

Llama la atención esa rebusca de huesos que se traen arqueólogos y forenses en el convento madrileño de las Trinitarias. Pagados por el municipio, llevan meses removiendo osarios y, a falta de un análisis genético, afirman que, entre los restos desenterrados, podrían estar los de Miguel de Cervantes. Ante el comprensible desasosiego de las monjas, aún no saben qué hacer con semejante hallazgo, que ha costado ya más de cien mil euros en tiempos de recortes y ha merecido en los medios de comunicación un seguimiento lleno de detalles necrófilos. En la segunda década del siglo XXI, y con las novedades técnicas pertinentes, se reproducen comportamientos propios del XIX, cuando los despojos de glorias y héroes nacionales sufrían continuos trasiegos. En la España decimonónica se colocaban en monumentos y panteones de hombres ilustres, rodeados de conflictos entre políticos, clérigos y académicos. De hecho, ya entonces hubo búsquedas de la osamenta cervantina.

Cervantes despierta un interés enorme no sólo por su categoría literaria, sino también porque se ha convertido, a lo largo de los últimos doscientos años, en el símbolo indiscutible de España. Más aún, su figura y su obra se erigieron en la encarnación del espíritu hispano, de ese Volksgeist que tantos nacionalistas han buscado en escritores sublimes, capaces de captar el alma de un pueblo y su peculiar forma de ver las cosas, como Goethe, Dante o Camoens. Es decir, en torno a Cervantes y a su gran libro, Don Quijote de La Mancha, cuyo protagonista se confunde a menudo con él, se han generalizado, como advirtió el hispanista Anthony Close, visiones románticas: las que perciben en cualquiera de ellos, o en ambos a la vez, la esencia de la nación. Pocos han dejado de exhibir su orgullo por un autor y una obra reverenciados en todo el mundo, cumbres de la lengua nacional y síntesis de esa civilización transatlántica que se llamó Hispanoamérica, la Raza o la Hispanidad. Para una identidad tan discutida y vapuleada como la española, Cervantes sólo ha traído beneficios.

Naturalmente, un emblema así se ha sometido a múltiples interpretaciones. El Cervantes católico y monárquico, ese caballero mutilado en una batalla contra los turcos que recordó la dictadura de Franco, nada tiene que ver con el Cervantes de las izquierdas, crítico con los poderosos y amante de la justicia. Tampoco el hidalgo cristiano se asemeja mucho al rebelde antiburgués del que se proclamaban herederos los anarquistas en la Guerra Civil. Pero el consenso ha predominado sobre las discrepancias. Desde que los ilustrados vieron en El Quijote un clásico —no sólo un relato cómico— y el romanticismo lo idolatró, los homenajes no han cesado. En un Madrid con pocas estatuas, Cervantes dispuso desde 1835 de la primera no consagrada a un rey ni a un emblema mitológico o religioso, que todavía se levanta delante del Congreso. Pero fue a comienzos del siglo XX, con los centenarios de la novela, en 1905, y de la muerte del escritor, en 1916, cuando se desató un entusiasmo nacionalista que llega hasta la actualidad. Se multiplicaron las ediciones, las cabalgatas y las iniciativas ornamentales y museísticas, pues aquellas conmemoraciones cervantinas debían regenerar a la nación humillada en el desastre de 1898. Otro monumento, de dimensiones mucho mayores y destinado a componer la imagen turística de la capital, comenzó a elevarse en su plaza de España.

El culto a Cervantes, triunfante en el contexto de nacionalismos culturales que hacían de la lengua el eje de sus respectivas identidades, ha sublimado desde entonces la importancia del idioma castellano. Esa exaltación ha permitido, por una parte, imaginar una comunidad hispanoamericana concebida como una especie de súper-España, en la que los habitantes de la madre patria representan un papel protagonista. Ayudado por Gobiernos hispanófilos, emigrantes y exiliados, Cervantes, que nunca pisó América, se transformó en bandera de eso que el mexicano Carlos Fuentes llamó el territorio de La Mancha. Por otra parte, sintonizaba con los discursos que confundían a España con Castilla y permitía responder al auge de los movimientos nacionalistas subestatales, sobre todo del catalán, con un argumento imbatible: frente a sus lenguas minoritarias, el castellano disponía de decenas —luego cientos— de millones de hablantes en dos continentes. No es de extrañar que al catalanismo le hicieran muy poca gracia las celebraciones de la lengua de Cervantes, difíciles de compatibilizar, en sus versiones extremas, con una idea pluralista de España.

En consonancia con estas premisas, El Quijote se empleó como vehículo de nacionalización en la escuela. Con algo de retraso y escasos medios, el Estado español se incorporó a la tarea universal de fabricar patriotas en las aulas, y los regeneracionistas liberales que la promovieron confiaron en las virtudes españolizadoras de la Biblia nacional: proliferaron así las ediciones para niños y en 1920 se ordenó que las jornadas escolares comenzaran con la lectura y comentario de fragmentos de la obra. Pese a las advertencias de algunos intelectuales que, como Ortega y Gasset, no creían que aquel tomazo en castellano del siglo XVII fuera una buena herramienta pedagógica, la costumbre persistió hasta mediados del Novecientos. Más aún, durante 70 años, entre 1901 y 1970, el examen de ingreso al bachillerato se realizó sobre textos de El Quijote, lo cual obligó a varias generaciones a familiarizarse con él. Aún hoy se le atribuyen grandes cualidades educativas, como si nadie pudiera sentirse plenamente español sin haberlo leído.

Además, la sacralización de Cervantes ha dado lugar, en un país donde los símbolos nacionales generan más polémicas que acuerdos, a una fiesta alimentada tanto por las autoridades como por la sociedad civil. Desde 1926 se festeja el Día del Libro, fijado en 1930 cada 23 de abril para rememorar el fallecimiento de esa “figura excelsa”, decía un periódico, “que simbólicamente representa a España y a la raza”. Pronto cuajó la costumbre de comprar y regalar libros en esa fecha y de acompañarla con actos culturales o folclóricos. La transición a la democracia, tras la muerte de Franco, la consolidó como una efeméride de relevancia creciente. A partir de 1976 se entrega ese día en Alcalá de Henares, su patria chica, el Premio Cervantes, una especie de Nobel de literatura hispanoamericano, mientras se multiplican exposiciones y concursos. Y desde los años noventa se celebran liturgias cuasirreligiosas que consisten en leer públicamente El Quijote, a veces en su totalidad y de forma ininterrumpida. Ni la bandera ni el himno, tampoco la Constitución, han provocado un fervor comparable.

Con el nombre de Cervantes se han bautizado centros educativos, teatros y el instituto encargado de la enseñanza del español en el extranjero; él o sus personajes aparecen no sólo en expresiones literarias y artísticas, de León Felipe a Picasso, sino también en producciones para el cine o la televisión, como una famosa serie de dibujos animados que TVE emitió entre 1979 y 1981; en sellos de correos y en el dinero: ahí están las monedas de 10, 20 y 50 céntimos de euro, con la efigie del genio. Es lo que algunos investigadores llaman nacionalismo banal: la presencia de lo nacional, a través de sus signos, en objetos cotidianos que renuevan nuestra identidad sin apenas darnos cuenta. El cuarto centenario de El Quijote en 2005, en plena euforia económica, dio lugar a fastos sin fin, con un presidente del Gobierno entregado al quijotismo y alabanzas unánimes al valor económico de la lengua española. De poco valieron las advertencias de Francisco Rico, que clamaba entonces contra las visiones esencialistas de la obra de Cervantes y ahora ha calificado de tontería la pesquisa acerca de sus huesos. Como seguramente mostrará la conmemoración del año que viene —y frente a emblemas de carácter cívico, menos cargados de connotaciones culturales y lingüísticas— los símbolos cervantinos, cruciales para la identidad nacional española, siguen aún muy vivos.

Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

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